Friday, June 27, 2008

Schopenhauer: El Pensamiento como Liberación Simbólica.


Singular, Individuo y Sociedad.

El pensamiento de Schopenhauer es una protesta contra el principio de realidad tradicionalmente defendido por las filosofías académicas; este principio coincide con el de la norma social, el de la economía y el científico, que juntos forman una constelación de complicidad ontológico-cognitiva. Si se alude al principio de realidad científico en muchos argumentos de ‘El Mundo como Voluntad y Representación’, está siempre sometido a una exigencia mayor que constituye la médula del comunicado schopenhaueriano: que el pensamiento se haga uno con la vivencia, y que se transforme en un diseñador activo de lo singular en la realidad: el énfasis recae sobre la oportunidad que brinda el estatus de la genialidad humana y la objetividad de su intuición inmediata de las Ideas (los arquetipos “platónicos”) , que son a su vez gradaciones de la voluntad. “La voluntad, en su infinito objetivarse, logra un individuo excedido de inteligencia mediante el cual se intuye y se refleja a sí misma” . Por lo tanto, la voluntad es para sí, en el individuo, lo que se hace realidad frente a éste.

El individuo que se constituye por sí mismo como genialidad –práctica cuya cultivación está implícita, si no explícita, en el mensaje de Schopenhauer- identifica primero el daño que representa el carácter masivo y homogenizante del principio de realidad en todas sus formas; emite un juicio clínico respecto a la mayoría de los hombres que se sienten “compensados y satisfechos con la realidad presente ”. La mirada clínica de la genialidad después se torna hacia su sí mismo en la meditación, momento definitorio del pensamiento, y logra el “olvido de la propia persona y sus intereses”, y así “la objetividad máxima, es decir, la objetividad del espíritu” .

Para Schopenhauer la única posibilidad de obtener lo singular y lo excepcional en la existencia es por medio de una liberación simbólica efectuada en el pensamiento; liberación no sólo del principio de realidad, sino también de la realidad profunda, de la Voluntad, la “cosa en sí… constante e inmutable” . Esta liberación del pensamiento, un “conocimiento liberado” , la definimos como ‘simbólica’ en un sentido ontológico, pues en tanto que pensamiento, puede efectuar únicamente una liberación parcial de la realidad única de la cosa en sí. El pensamiento emancipado adopta la situación ontológica del signo, del gesto, de la simulación y el simulacro (elementos que conformarán nuestra noción de lo ‘simbólico’ en la ‘libertad simbólica’); es decir, el pensamiento es un residuo excedente ante una supuesta integridad nouménica de la Voluntad. Detallaremos más adelante cuáles son los aspectos específicos de esta ‘liberación simbólica’.

Por el momento diremos que dicha liberación, efectuada por la negación de la voluntad de vivir, significa para el sí mismo pensante, o el “puro sujeto [ante] la voluntad” una emancipación de los procesos cuasi-naturales de reificación y asimilación social cuyo resultado ontológico es la producción socio-técnica de individuos. Contra esta noción de la fabricación en masa del individuo, Schopenhauer postula el “puro sujeto”, el caso singular, desasimilado y excepcional, como la instancia de una vida emancipada del principio de realidad social y sus imposturas.
El problema de la homogenización de la realidad humana la enfrentamos en la contemporaneidad, si observamos el aplanamiento de las posibilidades afectivas que son consecuencia del sometimiento de la vida a los preceptos de la economía. Incluso una lectora mexicana de filosofía puede discernir esta estandarización de la afectividad y la realidad entumecida que se produce como efecto: si la Voluntad schopenhaueriana fuese buscada hoy en nuestro país no podríamos más que maravillarnos ante el dominio generalizado de su expresión como voluntad de vivir en su aspecto menos singular, en su pasividad y paralizante regularidad, traducida como una coerción que se ejerce sobre toda forma de trabajo y creación por el principio de realidad de la economía y por sus tecnologías de planificación global. Porque el valor relativo a nosotros mismos lo encontramos en el idealismo, es decir, somos nosotros mismos los que construimos la realidad. Debemos pues, enfatizar no sólo la importancia historiográfica de las contribuciones schopenhauerianas, sino las posibilidades de la implementación de este pensamiento en la vida contemporánea, como contra-agresión a las enfermedades colectivas de grandes sectores de la cultura y la realidad occidental.

Presuposiciones del monismo nouménico.

Schopenhauer dirige una mirada clínico-ontológica hacia la realidad, y cree discernir lo que el pensamiento filosófico ha sugerido al conocimiento humano en muchas instancias: que la realidad, captada como es, es una e idéntica consigo misma.

Su unidad reside en que es imposible, ontológicamente, hacer particiones en la manera que es. Por más que se hable del atomismo y/o comunidad de la intersubjetividad, parece incorrecto creer literalmente que cada individuo es ‘un mundo’. Por otro lado cada individuo parece ser el resultado de un proceso intelectual de individuación: el individuo se discierne entre la sociedad de acuerdo a convenciones; de la misma manera puede ser erradicado en tanto que individuo de acuerdo a convenciones. La más clara pluralidad se muestra en la vida animal, pues nacen, crecer y mueren entidades vivas que reflejan la condición ontológica humana. Aún así el juicio ontológico que percibe la amplitud de la realidad encuentra a todas las cosas contenidas en un conjunto que es más que la suma de sus partes. Estas cosas contenidas son materia y ésta es actividad en el mundo de la representación.

Aparte de ser única, la realidad es idéntica, pues sus diferentes manifestaciones nunca pueden ser pensadas de manera aislada: cada reificación proviene de la misma realidad, y así lo diferente tiene una ‘realidad’ fenoménica, pero no nouménica. Estas son las premisas de Schopenhauer: su mirada filosófica es trascendentalista y siente una necesidad impuesta por el pensamiento para reconocer la ipseidad de lo real, de la cosa en-sí. Los conceptos del individuo y lo diferente, lo social y lo fenoménico juntos conforman un esquema intelectivo, y un sistema de reificación general que podemos, con Freud llamar, el principio de realidad. Pero de acuerdo al legado discursivo kantiano, la realidad en-sí difiere de las distinciones de este principio en sus múltiples versiones: psicológico, social, histórico, económico, científico-tecnológico y filosófico. Para Schopenhauer todas estas diferencias constituyen, precisamente por ser manifestaciones de una única realidad, una identidad de la cosa en-sí, que funge como origen expresivo de ellas. Ahora examinemos las determinaciones específicas de la cosa en sí de acuerdo a Schopenhauer.

La voluntad como reificación de la cosa en sí.

La determinación concreta de lo que es la cosa en sí para Schopenhauer encuentra su carácter semántico-conceptual en la “palabra enigmática” de la Voluntad. El autor parece declarar implícitamente que lo que fue un punto límite para Kant, la idea de la intuición intelectual, concebida como el vehículo de captación absoluta del yo trascendental, debe ser sustituida por otra noción mucho más mundana, corporal, psíquica y vivenciada: la idea de la intuición inmediata que capta el en sí esencial del ser humano. Esto es nada menos que la voluntad humana. La intuición inmediata es una experiencia tan inmersa en la vida, de una verdad tan poderosa, que lo que capta de la esencia humana, lo que interpreta como en tanto que ‘esencia’, también puede ser vista y ‘extendida’, como dice Schopenhauer, hacia el exterior del ser humano, hacia el mundo. Pues el mundo también es vida, o parece estar dotado enteramente de vida. Y ésta a su vez, puede ser interpretada también como voluntad.
El gesto teórico de encontrar el “absoluto” a partir del individuo humano repite temas escuchados en el pensamiento de los idealistas alemanes; sin embargo, mientras estos no conocían el ‘qué es’ del “absoluto”, o su característica sustancial, Schopenhauer sí presenta una faz al llamado “absoluto”: la idea dinámica de la Voluntad. La vida entera, no sólo en el sentido teórico, sino también práctico, no es más que una manifestación humanamente inteligible de la voluntad. Es aun ir más allá de la razón para descubrir la esencia del mundo a través de lo vivido, sentido por el propio sujeto.

En un giro trascendentalista, ‘vida’ es para Schopenhauer una interpretación de la cosa en sí, cuyo nombre, Voluntad, es ‘enigmático’ porque no parece haber una mejor palabra para designar lo que es activo, en movimiento, inquieto, y animado, no sólo en lo fenoménico, sino en el sentido profundo y general de la existencia: la existencia misma esta ‘viva’, pero no significa que su esencia sea la vida, sino lo que le subyace, la Voluntad. Debemos entender Voluntad como ‘esencia’ de la realidad en un sentido aristotélico: Voluntad es lo que hace del ser lo que es y no otra cosa.

La cuestión de las interpretaciones, o, mejor, las expresiones vivas de la Voluntad abundan en el pensamiento de Schopenhauer: no sólo la ‘vida’ es una ‘interpretación’o expresión de la Voluntad, sino también la ‘fuerza’ y todo lo fenoménico, incluyendo a todos los seres vivos. Sin embargo es tal el impulso de interpretación/expresión en el pensamiento schopenhaueriano, que la Voluntad, pareciendo ‘enigmática’ desde el principio, incluso como palabra, resulta ser a su vez, desde una perspectiva práctica, una interpretación del sentido general de la existencia. Pues la existencia y su vida se muestran marcadas irrevocablemente por el dolor, por la irracionalidad y la violencia del principio ‘enigmático’ del fondo ininteligible de la realidad. Las manifestaciones de la Voluntad como voluntad de vivir, son sin-sentidos que esconden e interpretan un sustrato metafísico terrible: la nada . Es decir, el animal más agresivo es el hombre porque tiene el uso de la ‘Razón’ para atacar y/o defenderse. Por lo tanto, la racionalidad es un adjetivo y lo sustantivo, es la animalidad.

La jerarquía metafísica que es la causa de los cambios inmanentes del principio de realidad comienza, argumentativamente, con la vida humana, que no es más que un ejemplo de la vida en general; ésta esconde la Voluntad; y ella a su vez, esconde la nada. Desde la perspectiva práctica, entonces, se conjura un terrible fantasma ontológico, efectuado en el pensamiento de Schopenhauer: que lo nouménico en el fondo oculta la nada, y que la existencia humana, por lo tanto, no es más que un frenesí de crueldades fortuitas sin fin. “El hombre se asemeja a un reloj al cual se le ha dado cuerda y camina sin saber porqué” nos dice Schopenhauer.
La reificación de la cosa en sí, lo que pretendería definir y constituir lo ‘cósico’ del ser de la realidad, media a través de la Voluntad hacia la nada, no hacia el ser; no está claro qué es lo que es, en el sentido filosófico académico tradicional, al final de ‘El Mundo como Voluntad y Representación’: es precisamente en el pensamiento frenético, que encuentra su imagen en la nada y oscila hasta definirla el fondo y el abismo del ser, que la manera en que funge la protesta schopenhaueriana contra el principio de realidad, desmantelando este en su carácter teórico de ‘principio’, y uniendo el pensamiento a la vivencia. Sin embargo, si el fondo de las cosas es la nada, la vivencia misma queda puesta en cuestión; uno preguntaría si el discurso schopenhaueriano entero no es más que una aparición efímera y falsa en tanto que pensamiento. Comprender que este mundo tiene un carácter ilusorio, nos hará ver que no es lo mismo comprender éste, como un conjunto de experiencias. Schopenhauer mismo nos responde con una forma de liberación del terror metafísico de la voluntad que aprovecha el poder de un tipo específico del pensamiento que, si no está dotado de ser con certeza, sí es una afirmación singular única en la realidad: la negación de la voluntad de vivir.

La negación de la voluntad de vivir como liberación.

La liberación básica en el pensamiento schopenhaueriano es la renuncia y la negación de la voluntad de vivir, operación que puede ser efectuada en el sitio de cada existencia humana individual. Esta negación es la alternativa al suicidio, pues el suicidio no es más que una afirmación de la voluntad de vivir que es frustrada. La negación permite la adopción de una actitud contemplativa en la cual el mundo mismo parece un juego, y es, para Schopenhauer, una forma de superior existencia. Es el artista, en su genialidad, quien tiende a encarnar esta actitud, mirando el ‘juego’ del mundo con la maravilla de un infante – y los infantes a su vez son brillantes porque naturalmente pertenecen a esta situación excepcional contemplativa, que, irónicamente, es tan efímera.

La liberación simbólica schopenhaueriana.

Es la conciencia humana adulta la que adopta la voluntad de vivir enteramente, y es también en esta conciencia donde la negación de ella es posible. Negar la voluntad de vivir es para Schopenhauer la obtención de un momento o un estatus singular: es una liberación, aunque ontológicamente parcial y simbólica; principalmente es una liberación efectuada en el pensamiento en tanto que pensamiento.

Pues la negación de la voluntad de vivir es una forma avanzada de la conciencia que es una auto-superación del yo en tanto que conciencia; o sea es una forma de pensamiento, la meditación, que supera y reprime la realidad de la conciencia mediante una volición contra la voluntad de vivir – es decir un doblez en la Voluntad misma. En este sentido el pensamiento se afirma implícitamente en Schopenhauer como un poder, una fuerza, una realidad ontológica, que, aunque no puede superar a la Voluntad misma, puede mediante la emisión portentosa de signos, gestos, simulaciones y simulacros noéticos, puede negar el principio de realidad mismo. Debemos percatarnos que la negación del yo en tanto que conciencia (es decir, la negación del agente principal de la voluntad de vivir) es la negación de aquello que constituye el principio de realidad. La supresión del yo es una desasimilación social, pero también una desasimilación del pensamiento, en tanto que volición, de la regularidad y la realidad profunda indiferenciada de la Voluntad. Esta disposición desublimada del individuo pretende emanciparlo incluso de la especie humana, negando toda voluntad de supervivencia y propagación.

El cultivo de la genialidad y la negación del concepto general y común de lo humano, es precisamente la emancipación que pretende instaurar el discurso schopenhaueriano en el pensamiento del lector de ‘El Mundo como Voluntad y Representación’. Y es precisamente la creación de esta obra es la prueba de que tal liberación del pensamiento es posible. Pues ésta es el resultado de la efectividad del uso de signos, gestos, simulaciones y simulacros, tanto discursivos como noéticos, es decir, es el resultado de una simbolización del pensamiento en tanto que pensado, una liberación ontológicamente simbólica.

El pensamiento liberado de Schopenhauer no pretendería liberarse de la realidad única de la cosa en sí – tal cosa es imposible. Pero sí pretende negar la realidad, suprimiendo el principio de realidad. El libro ‘El Mundo como Voluntad y representación’ es una re-volición de la realidad misma, la expresión de una visión pensada de la realidad, en la cual la realidad misma es agredida como idea (o como principio) y como sustrato metafísico; al mismo tiempo es la afirmación de una liberación imposible, y por ende meramente simbólica, en términos del principio de realidad. La visión de este libro afirma la realidad de sus conceptos, en tanto que signos, gestos, simulaciones y simulacros del pensamiento, apelando únicamente a la autoridad del pensamiento lector; es decir, pretende que el lector, como el autor en la génesis de la obra, tenga una vivencia de estos conceptos en la privacidad del fondo incomunicable de su existencia. Este mensaje, por ser incomunicable, es algo enteramente implícito en el discurso schopenhaueriano, y sólo es aludido como sugerencia.

Schopenhauer pretende que el lector capaz de des-realizar el principio de realidad, y realizar la experiencia de la negación de la voluntad de vivir y del yo, se torne, por lo menos en tanto que voluntad de negación, una singularidad soberana, una existencia autónoma, una excepción dentro del flujo usual de lo real. El individuo schopenhaueriano, encontrando lo excepcional en sí mismo, se torna ‘sujeto puro’, es decir, singular: pues ya no es un elemento ontológicamente pasivo de la realidad, sino el límite activo de ésta. Si la Voluntad es inmutable en su naturaleza, el pensador singular es, en la temporalidad que inaugura su libertad simbólica, “la imagen móvil de la eternidad”.

Dentro de la libertad simbólica, la realidad se torna un fantasma negativo, una imagen de opresión y destrucción activa, que Schopenhauer ha interpretado con el concepto de ‘voluntad de vivir’; o sea que la expresión fantásmica de la realidad no sólo distorsiona su percepción de la ‘voluntad de vivir’, sino que este concepto esconde el sentimiento de una carencia fundamental de libertad plena y absoluta; la libertad que es explícitamente para Schopenhauer un “concepto negativo”, expresa el miedo que acompaña la sensación de su ausencia y al mismo tiempo el deseo obsesivo y frustrado de una libertad y un poder libre absolutos.

Recepción y efectividad del pensamiento schopenhaueriano.

Para algunos la brillantez de Schopenhauer recae en el hecho de que su visión coincide exactamente con la realidad tal cual es. Una recepción menos dramática de esta obra, sin embargo la encontramos en pensadores, filósofos y artistas que sienten afinidad con la protesta contra el principio de realidad y sus formas establecidas, es decir aquella que la sociedad impone como una moralidad del aplanamiento de los afectos y la destrucción de cualquier forma de pensamiento excepcional. Otros pensadores encuentran en Schopenhauer una manera de hacer singular su relación con la realidad, y reconocen las virtudes de desasimilar el pensamiento de los patrones cognitivos establecidos y generalmente aceptados, y la importancia que la tarea de la defensa de la singularidad humana. Si la transformación de la realidad ha de efectuarse, necesario es someter a crítica la facilidad con la cual la distinción entre lo real y lo irreal se convierte en un método de represión social.

Si la realidad es ontológicamente injusta en su expresión como voluntad de vivir, es necesario emancipar este impulso de sí mismo, no sólo en tanto que impulso, sino en tanto que concepto. Es decir, definir qué es la vida deseable, y qué puede ser, en cada ser humano, la liberación efectuada en el pensamiento y obtención de la singularidad: pues estas también son posibilidades captadas en la vivencia, en otra forma de la intuición inmediata.

En nuestro país las exigencias del trabajo con el pensamiento de Schopenhauer han encontrado un público sensible y receptivo, consciente del valor de las revelaciones captadas por el pensador alemán; un público dispuesto a admitir que la autoridad de estas revelaciones recae sobre la persona que fue Schopenhauer y que dicha autoridad es confirmada en cada una de las vidas y los anhelos intelectuales más profundos de sus lectores contemporáneos. Esta recepción positiva existe en nuestro país porque Schopenhauer se dirige a sensibilidades afectivas muy reales en la comunidad filosófica mexicana; esta es la primera verdad de su pensamiento en nuestro entorno humano.


Bibliografía

- Grave, Crescenciano. (2002). Verdad y Belleza; un ensayo sobre ontología y estética. UNAM; México, D. F.
-Platón (2001). Diálogos. Editorial Porrúa, México, D. F.
-Schopenhauer, Arthur (1981). La Libertad. Premia Editora. México, D. F.
-Schopenhauer, Arthur (1997). El Mundo como Voluntad y Representación. Editorial Porrúa, México D.F.
-http://www.schopenhauer-web.org/textos.html